Carta 40 Febrero. Sosa
Hay un personaje en mi cabeza al que todavía no le he encontrado una historia. Es una versión de mí, una proyección en blanco y negro de mi yo del pasado: la sosa. Conocida a veces como la discreta, la reservada, la prudente, la callada, la tímida, la comedida... es un personaje que no habla mucho, sonríe con timidez y calla más que habla. Quizá a ti te han apelado alguna vez con alguno de estos adjetivos.
En esa versión pasada de mí no hablaba de mi vida personal y me hacía la tímida. Yo no soy así, no era así. Fingía serlo porque tenía miedo de salir del armario. De pequeña era la payasa de la clase. Jim Carrey estaba en pleno apogeo de su popularidad y yo imitaba sus gestos, sus movimientos. Pero fue saltar al instituto y, ay, territorio hostil. Comencé a construir un caparazón y pasé de ser la payasa a ser "la sosa". ¡¡A MÍ!! No sé si lo intuyes por mis cartas, pero de sosa no tengo nada. Soy divertida y dicharachera, siempre con un comentario ingenioso y afilado en la punta de la lengua; una bocazas que a veces se pasa de frenada. Lo era así de pequeña, en el cole pero durante mucho tiempo sólo fui oscuridad y discreción.
Estoy convencida de que ese caparazón hizo no sólo que me hiciera invisible para los demás, sino también para mí. Eso explicaría por qué tardé tanto en salir del armario.
Hace un par de años salí de ¿mi último? armario en el trabajo. Y dios, por fin puedo ser yo en todas las áreas de mi vida. Es como si, hasta ahora, hubiera estado vistiendo un traje dos tallas más pequeño (y eso que yo ya soy pequeña) y me apretaran las costuras, la sisa, el cuello, haciéndome rozaduras y cambiando algunas posturas para que no me doliera aquí o allá.
Afortunadamente, mi salida del armario fue bien recibida por mis compañeros y compañeras. Tengo la suerte de trabajar en un entorno abierto, liberal, moderno. Mi empresa es de las que hacen acciones de responsabilidad social y de conciliación familiar; la media de edad está en los 35 años, un equipo que combina juventud y experiencia (yo entré siendo joven y ahora soy una de las veteranas). Además, tengo un compañero muy fuera del armario que ha sido un gran apoyo. Ahora ha entrado otro hombre abiertamente gay que se ha convertido de manera instantánea en uno de mis besties del curro y con el que he conectado por puro magnetismo sáfico-marica.
Al final, salir del armario en el curro no va de anunciar con quién te acuestas (puedes seguir siendo tímida aunque estés fuera del armario). Va de libertad narrativa. Va de que, por fin, puedo ser yo en todas las áreas de mi vida, sin compartimentos estancos ni presiones internas; divertida y bocazas. Hay nuevas conversaciones en la pausa del café, más cercanía, menos miedo. Incluso, me atrevería a decir, que hay personas que han salido de sus propios armarios (la que es sonámbula por las noches, el que le gusta el k-pop, la que tuvo un pasado de excesos).
La comunidad no solo sirve para resistir ante las grandes corporaciones o pésimas políticas que quieren borrarnos; sirve para protegernos, conocernos y, sobre todo, para reconocernos en la máquina del café. Porque si siempre estuvimos aquí (como nos enseñaron Carmen y Amanda), ya va siendo hora de que nos escuchen las risas en el office.
Me encanta cómo he pasado de la "sosa" impostada a la "bocazas" radiante a la que le provocan para reírse un rato. Aunque en la narrativa de mi ficción hayan sido un par de capítulos, se ha sentido como toda una vida. Es un arco de personaje digno de cualquier slow burn de los nuestros, solo que aquí el romance es conmigo misma y con mi derecho a ocupar el espacio.
Soy consciente de que cada vez me alejo más de ese personaje que vive en mi cabeza. "La sosa" sigue ahí, esperando una historia donde encajar. Pero yo cada vez me acuerdo menos de cómo era.
Sirvan estas líneas para, por lo menos, mencionarla y que no quede en el olvido total.