Carta 37 Enero. El hilo que nos une

El año pasado hicieron 10 años desde que publicara Nico, por favor. Para que esta primera novela saliera a la luz hicieron falta tres cosas:

  1. Tener una historia que contar
  2. Tener el valor para contarla
  3. Tener referentes que lo hubieran hecho antes

No precisamente en este orden porque el punto 2 y el 3 van de la mano. Si yo no hubiera tenido referentes de escritoras de novela lésbica, no hubiera tenido el valor para contar la historia que tenía dentro.

Yo escribí Nico, por favor gracias a que leí a Emma Mars, a Pilar Bellver o a Mila Martínez, así que buscando ese hilo de escritoras e historias sáficas que nos une, me aventuré a preguntarle a ellas quién habían sido sus referentes, quiénes las habían "envalentonado" para escribir.

Emma Mars (Diez razones para odiarte, Políticamente incorrectas) reconoció que no tuvo referentes en nuestro idioma. "La literatura lésbica en español era un páramo", me contó. Emma se lanzó a escribir para cubrir ese hueco. En sus palabras: "quería escribir las historias que me gustaría leer". Haciendo memoria sí encontró Georgia Beers, autora neoyorkina que aún sigue en activo y que ha recibido, entre otros, el premio Ann Bannon, en honor a la autora que, entre 1957 y 1962, escribió novelas pulp de ficción lésbica. ¿Sabes qué novela fue vendida originalmente como pulp lésbico? Exacto: El precio de la sal, posteriormente conocida como Carol, que Patricia Highsmith escribió bajo pseudónimo.

Vale, ya tenía un hilo del que tirar.

Pilar Bellver es autora de A Virginia le gustaba Vita, que recrea y "completa" el intercambio epistolar entre Virginia Woolf y Vita Sackville-West a finales de los felices años 20 del ya siglo pasado.
Pilar es algo más mayor que Emma y yo así que esperaba su respuesta con ansias. Esto fue lo que me contó:

(...) en mi adolescencia-juventud, era impensable una clasificación de libros y de contenidos que específicamente contemplara la literatura LGTBI+. Pero aprendí a leer entre líneas, nunca mejor dicho, lo que se decía sin decirlo.

Lo que le impulsó a ella a escribir, aún no teniendo referentes, fue su "propia idea de lo que es y debe ser la literatura: un ejercicio de honestidad y de testimonio de las verdades vitales e ideológicas que nos han hecho como somos, individual y colectivamente".

En Vita se inspiró Virginia para escribir en 1928 Orlando, la obra que cuenta la historia de un personaje que, a mitad de novela, cambia de género. Virginia además fue coetánea de Kate Mansfield, una mujer bisexual de origen australiano cuya vida y obra traspasó fronteras. Woolf escribió en su diario sobre Mansfield:

Diría que es una especie de gato, extraño, reservado, siempre solitario, observador. Y luego hablamos de la soledad, y la descubrí expresando mis sentimientos como nunca los había oído expresar. Entonces conectamos y hablamos como siempre y la conversación fluyó como si ocho meses fueran minutos (…) Siento una extraña sensación de que nos entendemos, de que con ella puedo hablar sin rodeos, y no solo de literatura.

Ya tenía otro hilo del que tirar.

Lo que me contó Mila Martínez (No voy a disculparme, Mis noches en el Ideal Room) ya me sonaba algo más. Sus referentes habían sido Carme Riera (Te dejo, amor, el mar como prenda) o Esther Tusquets (El mismo mar de todos los veranos), no mucho más. Esto me permitió atrapar un hilo que conocía mejor. Esther Tusquets, editora y escritora, era amiga-amante de Ana María Moix (poeta, escritora y, sí, hermana de Terenci Moix). Moix había quedado prendida por la literatura de Rosa Chacel (vallisoletana en el exilio) y decidió enviarle una carta. Chacel, ansiosa por ser reconocida en su país, le contestó y mantuvieron una intensa correspondencia sobre el arte de escribir, la literatura del momento y, especialmente, el estado anímico de Ana María, con depresión y varios intentos de suicidio a sus jóvenes espaldas.

Chacel es considerada una de Las Sinsombrero, un grupo de literatas y artistas que, en los años 20 y 30, se hicieron de referentes unas a otras y que hoy diferentes personas y entidades están rescatando del olvido. Fueron contemporáneas de la generación del 27 aunque no igualmente reconocidas. Entre ellas, la que más me fascinó fue la obra y, sobre todo vida, de Carmen Conde. Conde solía sacar a colación la obra de Kate Mansfield para tantear a su contraparte. Era como un código lésbico: si la otra mujer la conocía, era una señal de que podía tener inclinaciones sáficas, como ella.

Aquí se unen dos hilos en un nudo:

Son saltos grandes, lo sé. Hay más hilos, más nudos, más conexiones. Esto es sólo un intento de tirar de uno de ellos para no sentirme tan sola, tan ignorada, tan irrelevante.

Lo sé porque me lo han dicho que hay quien se sintió inspirada por mis historias para escribir las suyas, como yo me sentí inspirada por las de Emma, Mila o Pilar.

Escribir es mandar un mensaje en una botella a la espera de ser recogido. Esta botella puede que tenga que cruzar océanos y generaciones pero siempre llega. Sólo debes tener tus ojos fijos en el mar y permanecer atenta a lo que dejen las olas en la arena.