Carta 33 Septiembre. ¿Cultura lésbica?

Cuando yo empecé a publicar novela lésbica, allá por el año 42 d. C. había un debate candente (¡qué tiempos en los que había debates candentes en torno a la literatura lésbica!). El debate era, precisamente, si debíamos denominarnos como literatura lésbica o si esta era una etiqueta reduccionista porque al fin y al cabo, nuestra realidad es una más dentro de la normalidad y etiquetarnos era, por tanto, diferenciarnos.

Yo era de las que pensaban que sí era necesario etiquetarnos. Escribí sobre ello en HULEMS, de hecho. Venía a decir que hay literatura lésbica porque hay una lectora huérfana de historias que la representen, que representen su lesbianidad.

"A todas nos gustaría que estuviera superado que la orientación sexual de la protagonista no definiera el público de una obra y a la inversa, que la orientación sexual del lector tampoco le limitara para escoger sus lecturas."

Pero somos sáficas, oye, ¡qué le vamos a hacer!

Llevamos siglos huérfanas de historias y las buscamos como oasis en el desierto. Mi generación ha hecho arqueología lésbica para encontrar representación, por mínima que fuera, en cualquier rincón de Internet.

--Hay una serie alemana donde dos chicas se hacen tilín.

Allá vamos, meine liebe.

--Hay una soap opera con una adolescente a la que parece que le gusta su vecina.

Enchufa la kettle para el té, my dear.

--Ha salido la última temporada de "The L Word" pero todavía no están los subs en español.

Oh, shit, here we go again.

Foros, chats de MSN, enlaces de dudosa procedencia, canales-resumen de YouTube, los comentarios en Lesbicanarias, tutoriales para sincronizar los subtítulos en VLC, fanfics de [inserta aquí tu ship]... Todo eso formaba parte de lo que hoy podríamos llamar "cultura lésbica".

Y la cultura hace comunidad. Y la comunidad, cultura.

Hoy que la "lo sáfico" ha permeado en el mainstream, ¿podemos seguir llamándola "cultura lésbica"?

Seguramente es porque me haga mayor y haya vivido esa escasez, pero me da miedo que se olvide todo este bagaje que nos ha traído hasta aquí (y por aquí me refiero a la España del siglo XXI, con muchos de nuestros derechos reconocidos por la ley).

Cada conquista cultural y política tiene un precio que a veces se olvida cuando llega la abundancia. Yo lo viví desde la carencia: buscar migajas de representación en foros y subtítulos caseros, compartir spoilers clandestinos en chats, leer fanfics como si fueran literatura de resistencia. Esa memoria de escasez, de ingenio colectivo, es un archivo que no debería borrarse porque explica por qué hoy se puede hablar de “normalidad”.

Cuando la cultura lésbica entra en el mainstream, corre el riesgo de volverse invisible como cultura específica, porque se da por hecho que “ya está todo conseguido”. Pero la historia reciente demuestra que los avances pueden revertirse, y lo simbólico (los relatos, los personajes, las comunidades) también son una forma de blindaje político.

La comunidad (¡las parejas!) que se formaba en foros, chats o subtitulando juntas una serie no solo buscaba ocio: generaba redes de apoyo, vínculos que muchas veces eran lo más parecido a un refugio, a un reconocimiento de nuestra propia existencia. Eso daba fuerza para reconocerse, salir del armario, reivindicar derechos.

¿Estoy diciendo que de aquel foro de Maca y Esther, estos derechos de matrimonio igualitario? Mmm, quizá.

Entonces, llegadas a este punto, ya no se trata solo de preguntarse si la etiqueta limita (como decía el debate inicial), sino de reconocer que nombra una tradición y una experiencia compartida. Tal vez la clave esté en pensarla no como única definición sino como archivo vivo.

Otro día hablamos de archivos y comunidades, que la carta me está quedando muy larga ya.

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