Carta 27 Marzo. Escribir es vivir enamorada
Muchas veces me autoflagelo por mi falta de constancia. Si tuviera más, en lugar de una decena de novelas tendría publicadas el doble, para alegría de Amazon.
Pero este año me he prometido ser más indulgente conmigo y darle una vuelta a este argumento. No creo que sea sólo falta de consistencia o de procesos muy largos, sino más bien de procrastinación, de dejar que las cosas sigan su curso y encuentren su espacio y su tiempo.
Y también de estar enamorada.
Esta semana se me ocurrió una historia para una novela en ese ratito que estás despierta pero que sigues en la cama. La anoté en un cuaderno en cuanto me levanté mientras me tomaba un café y luego la pasé al ordenador, añadiendo más ideas y orden. Esto fue el viernes, que me lo tomé libre porque aún me quedaban días de 2024 por gastar. Igual no hubiera podido hacerlo en finde porque las tareas domésticas y las visitas familiares mandan, ya sabes, así que vivan las semanas de 4 días laborales.
El caso es que tengo en el tintero otras cuatro historias más. Esta sería la quinta. ¿Por qué no me pongo con ellas de una vez? ¿Por qué no dejo de procrastinar, me organizo y las escribo?
Me respondo a mí misma: por falta de amor.
El proceso de escritura es largo. Al menos, el mío.
Como reparto mi tiempo con otras cosas (trabajo, pareja, familia, deporte, cocina, lectura, relax, viajes) no escribo todos los días. Debería, porque así me mantengo conectada a la novela, pero no lo hago.
Mientras soluciono este problema, seguiré siendo una escritora lenta. Lo reconozco, lo asumo y, en ocasiones, lo abrazo porque me ha salvado de publicar auténticas mierdas.
Una vez con el borrador en la mano, lo dejo reposar unos días, a veces semanas. Entonces, hago una lectura y ahí compruebo con horror la mierda que he escrito. Sí, hay algún chispazo inspirado, pero el hecho de no escribir todos los días hace que la novela no tenga ritmo, que la estructura se descosa y que la novela está muy lejos de contar lo que yo quería contar.
Así que pasamos a la fase de edición, la cual afronto con desesperanza por la titánica tarea.
Muchas historias no pasan esta fase porque para afrontar dicha tarea se requiere amor. Al fin y al cabo, voy a convivir con ella durante muchas, muchas horas. Tengo que estar enamorada de la historia, de los personajes, de lo que quiero contar. Creer en ello ciegamente, temerariamente. Sólo así consigo la fuerza para seguir escribiendo.
El otro día en mis redes sociales[1] re-publiqué un post donde hablaba de los personajes de mi última novela: Laura e Irene. El post era de 2019. ¡6 años! Seis años para construir y escribir una novela, con sus idas y venidas, sus reenfoques, sus abandonos... No me digas que no es como una relación amorosa :D
Durante estos seis años, Irene y Laura siempre me han acompañado, aunque muchas veces me olvidara de ellas. Eso es para mí escribir: vivir siempre acompañada. Por eso nunca estoy sola.
Y eso es una relación romántica también, ¿no? Vivir siempre acompañada aunque a veces haya distancia física o emocional. Escribir es vivir enamorada.
Aprovecho para decirle a mi novia que la quiero, que sé que me está leyendo.
Resumiendo:
La novela está en mi cabeza >>>>> a veces la anoto en papel >>>> a veces la paso a ordenador >>> a veces la escribo >> a veces consigo corregirla para que quede como quiero[2] > la publico.
Novelas que han llegado hasta el final: 9 (+ dos novelas cortas).
Llevo publicando desde 2015 (Nico, por favor) por lo que, efectivamente, sale a novela por año.
Y mucho me parece xD
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